Por Adriana Guadalupe Rivero Garza o @femin_ite_iste
Hace algunas semanas que me dedico a revisar algunas fuentes documentales que se encuentran en el Archivo Histórico del Estado de Zacatecas respecto a la condición civil de las mujeres en el siglo XIX. Como no tengo la formación de historiadora, a veces cometo el "pecado" de querer revisar todo, es verdad cuando digo todo: constantemente deseo revisar el conjunto de cajas y expedientes de cada uno de los fondos que hay en el AHEZ que hacen referencia al siglo XIX, no importándome si el documento tiene que ver con mi tema de tesis o no.
Gracias a las diosas, la propia dinámica de investigación y mis notables carencias en la técnica paleográfica me han hecho darme cuenta que estoy loca. Por eso, ahora reviso "en diagonal" (no con el profesionalismo que lo hace la apreciable Dra. Mary Goldsmith sino como simple novata) y trato de enfocarme a mi tema, exclusivamente.
Hay veces que me detengo, debo confesarlo, en algunos documentos que me parecen fascinantes (nunca pensé que fuera a reconocerlo), como es el caso de Las Cartas sobre las Reflexiones de Cárceles en Zacatecas, de Don Luis de la Rosa (1826). Qué cosa más maravillosa leí el viernes pasado. Quise escribir al respecto. Pero la vida, mi tiempo, la exigencia histórica que requiere redactar un texto sobre los contextos de un documento como ese, así como que seguramente existen infinidad de artículos, libros y ponencias sobre dichas Cartas y del destacado trabajo de Don Luis de la Rosa, es que sólo me atrevo a compartirles el texto de dicho documento.
Se trata de algunas reflexiones que su autor realizó, en 1826, sobre las cárceles en Zacatecas. De verdad que no tienen desperdicio. En ellas se muestra la preocupación sobre la condición de los presos, sobre la insalubridad, el hacinamiento y las deplorables situaciones de dichos lugares, pues Don Luis de la Rosa consideraba que más que ser "casas de detención" eran "depósitos de miseria".
Apeló magistralmente a la consideración de los gobiernos para mejorar las condiciones de los presos y de las cárceles en general. Pero también hizo un llamado a la responsabilidad de los ciudadanos, pidió que se conformaran asociaciones (incluso de mujeres) y se realizaran obras de beneficencia en favor de quienes se encontraban en esos lugares tan desatendidos por el estado y por la sociedad. En algunos aspectos que se señalan, pareciera que se está leyendo sobre los centros de prevención y readaptación social actuales, así que si es Ud. gustoso(a), le invito a deleitarse con las consideraciones de Don Luis:
CC a
editores del Correo Político
Aguascalientes, Abril 21 de 1826
Muy
señores míos: remito a Ustedes las siguientes reflexiones sobre cárceles para
que si lo juzgaren digno de su apreciable periódico se sirvan publicarse:
Cárceles
Se dice que las cárceles serán unas casas de detención
y son un depósito de miseria. Insalubres, sombrías, estrechas y horrorosas,
sirven para atormentar al detenido, antes de que se le justifique su delito.
Al
echar una mirada atenta sobre el estado actual de nuestras cárceles, la
humanidad, la religión y la filosofía lanzan un grito de conmiseración y de
dolor (invocando al auxilio de los seres sensibles en favor) de esas víctimas
desventuradas y atormentadas en esos lugares de penalidad y de miseria. Allí
parece que han puesto su morada la inmoralidad, la corrupción, la insalubridad,
la escasez y todos los males que pueden
afligir a los hombres. Allí un esposo que ha sido arrancado de los brazos de su
compañera, un padre que ha sido separado del seno de su familia, y un hijo que
ha abandonado en la miseria a unos padres desventurados, luchan con el hambre,
con las enfermedades y con la melancolía que con irreparables de estos lugares
de tormento, y la memoria de sus deudos a quienes quizá han dejado en la
mendicidad, es un dardo que traspasa sus corazones y que agrava el rigor de sus
padecimientos. Allí, si un hombre desgraciado a quien quizá una falta
involuntaria o una sospecha maliciosa han puesto en aquella situación asociado
con el criminal detestable, se ve como degradado y envilecido; si no le
corrompe tal vez su depravación. Allí el criminal entregado a la ociosidad que
ha dado origen a sus crímenes, se entrega a prácticas no menos criminales, y sí
quizá más vergonzosas que las que le han hecho merecer aquella suerte…
Basta…
escribo para hombres… mi pluma no puede describir tantas miserias…soy sensible
y desafío al corazón más endurecido a que fijando la consideración en un cuadro
tan lastimoso, no se conmisera de compasión y sentimiento.
¿Han
apurado los gobiernos todos los recursos de su autoridad y de su poder para
mejorar en esta parte la suerte de la humanidad o han visto esta materia con
indiferencia? ¿Ha opacado sobre la filosofía entre nosotros sus luces
celestiales? ¿Se ha sofocado en nuestros pechos el amor de la humanidad? ¿Ha
callado la religión que con una voz divina y consoladora aconseja al hombre la
compasión y la misericordia?
No,
el azote del despotismo es el que ha amortiguado en nuestros corazones todos
los sentimientos nobles y generosos: el peso de una arbitrariedad tan dilatada
es el que ha producido esto entre nosotros esa fría indiferencia hacia los
intereses públicos, y el que ha inspirado en nuestros pechos ese egoísmo detestable
que nos hace insensibles de nuestros semejantes. Preciso es pues reanimar en
nuestras almas el fuego del patriotismo y hacer revivir el espíritu de
beneficencia ya casi amortiguado.
¿De
quién es esta obra? Esto es obra de los gobiernos, pero lo es mucho más de los
buenos ciudadanos: lo es de los hombres generosos (…) que saben desprenderse de
los intereses individuales para elevarse a miras grandes y nobles: lo es de los
amigos de la humanidad que no pueden ser felices sino hacen disfrutar de todos
los goces a la gran familia del género humano. Reúnase esta clase de hombres
verdaderamente piadosos y filántropos, reúnanse pues en asociaciones de
beneficencia y caridad, y extiendan una mano compasiva, amiga y consoladora a
la humanidad miserable. Todo esto bueno, grande y admirable ha podido hacerse
en la culta esposa, se debe a esta clase de asociaciones que derraman en toda
ella la abundancia que alimentan la industria y la laboriosidad de sus
moradores y que toman a su cargo el alivio de la orfandad y de la miseria.
Abejas laboriosas que recogen de todas partes los frutos de la naturaleza y del
ingenio y les hacen servir a los usos de la vida.
¿Y
por qué este espíritu de la asociación, creador de tantos bienes y prodigios,
no habrá de reanimarnos? ¿Por qué no habrá de alimentación en nuestros
corazones y el fuego de la humanidad y de la beneficencia que encendieran ella
la naturaleza y la religión, y que el despotismo había conseguido amortiguar?
Sí: reúnanse sociedades de beneficencia: derramen ellas un fuego reanimador y
vivificante sobre nuestra industria moribunda, y esa parte de la humanidad que
sufre el peso de la mendicidad y de la miseria, alcance también una mirada
compasiva ¿Y por qué esas víctimas desdichadas de su inmoralidad y de su corrupción
que sufren en nuestras cárceles tanto generó de penalidades no habrá de merecer
su compasión y sus socorros? ¿Y por qué el gobierno no habrá de proteger a más
sociedades consagradas entre otros objetos al socorro de los encarcelados?
Reúnanse estas asociaciones: oiga el encarcelado en el silencio (…) de sus
habitaciones una voz consoladora y compasiva… ¡de cuántos modos no se puede
socorrer a estos desdichados!
1.
Ocurriendo
a sus necesidades más urgentes. Alimentos, vestidos, mejoras en las habitaciones,
curación de sus enfermedades, ocupaciones mecánicas para subvenir a sus
obligaciones.
2.
Proveyendo
a sus necesidades morales. Educación primaria para los presos jóvenes, lectura
en común de la constitución del Estado, de las leyes penales y principios
elementales de sus obligaciones y derechos del ciudadano, enseñanza y
predicación de la moral evangélica, prácticas religiosas.
3.
Socorriendo
a las familias del indigente de los encarcelados.
4.
Defendiendo
jurídicamente a los reos procesados e influyendo por todos los medios legales
para la pronta conclusión de sus causas, protegiéndolos por los mismos medios
contra el despotismo judicial y el de los carceleros.
No
puede negarse que en los más lugares del Estado los infelices presos viven
atormentados del hambre por la escasez de los fondos municipales, y que las
forradas limosnas de algunos ciudadanos no son bastantes para hacerles
satisfacer estas necesidades. No se ignora también que en todas nuestras
cárceles la mayor parte de los presos carecen de vestidos hasta el grado de
ofender el pudor y la vergüenza pública por su desnudez. Es bien sabido, por
otra parte, que la estrecha y mala disposición de nuestras cárceles las hace
sombrías e insalubres y que su inmundicia (…) hace contraer a los presos mil
enfermedades, y que ocurre otro mal no menos grave que es el de reunir en unos
mismos puestos presos de distintas edades, practicando así todos de la impúdica
y vergonzosa corrupción de algunos de ellos. Es así mismo evidente que la
ociosidad en que viven fomenta la inmoralidad y por esto nuestras cárceles
lejos de servir de corrección a los encarcelados sirven para el escándalo y
corrupción de los que habitan y hace que muchos salgan de ellas mismas más
criminales de lo que fueron antes. No se negará tampoco que las familias de los
encarcelados viven casi siempre en la mendicidad y la miseria privados de sus
hijos, de sus esposos y sus padres. En fin: es evidente que si hubiera
defensores celosos y activos que se encargaran de abogar por los procesados (que
regularmente no tienen quien lo haga) y de acelerar el pronto despacho de sus
causas protegiéndolos por otra parte
contras las arbitrariedades judiciales, no se verían en nuestras cárceles,
hombres que en el dilatado término de un año, no han visto concluir sus
sumarias, ni se les ha tomado confesión de los delitos de que se les acusa.
La
humanidad y la religión invocan el auxilio de los hombres generosos y sensibles
en favor de los miserables encarcelados: que vean estos seres desdichados que
la misma sociedad que los persigue y castiga por sus crímenes, sabe también
condolerse de la triste situación a que se les han reducido sus extravíos; y
que al ser castigados por ellos concretan
las utilidades de una vida ocupada y laboriosa, y aprendan en sus mismas
prisiones las obligaciones que debieran llevar para son sus conciudadanos y los
derechos que en ellos debieran respetar.
Establézcanse
pues, por lo menos en cada cabecera de partido sociedades que protejan las
industrias que fomenten la agricultura, que socorran la indigencia y que tengan
igualmente por objeto el aliviar el peso de las penalidades que sufren en
nuestras cárceles horrorosas, hombres cuyos delitos son quizá el resultado del
descuido de su educación. Estas son las sociedades que los gobiernos debieran
proteger. Ellas no tendrán por objeto maquinaciones sordas y criminales, ni se
ocultarán en el silencio y la obscuridad de misteriosos clubs para hacer obras
de beneficencia. Sus individuos no se llamarán
hijos de la luz, ni buscarán en la remota antigüedad un origen noble para cubrir su degeneración.
Ellos son hijos de la humanidad y para favorecerla no podrán jamás los Estados
en convulsión, ni solicitarán otros influjos en los negocios públicos que el
que les da la ley y que les es bastante para llenar sus miras benéficas y
generosas.
Vea
yo estas sociedades establecidas en el seno de mi Patria, y mis ojos derramarán
un llanto de placer.
Luis
de la Rosa.

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