jueves, 26 de diciembre de 2013

En México la justicia tampoco tiene rostro de mujer




Por Adriana Guadalupe Rivero Garza o
@femin_ite_iste

(Artículo publicado en Milenio Diario, suplemento TODAS, número 69, lunes 26 de agosto 2013 http://www.inmujeres.gob.mx/images/stories/todas/todasmilenio_69.pdf)




Themis, diosa de la mitología griega que representa a la justicia, preside –al menos simbólicamente- la aplicación objetiva e imparcial de la ley; la correcta relación, en términos de acceso a la justicia, entre hombres y mujeres, y por lo tanto que ésta sea aplicada de manera igual para todas las personas.
 

Hace casi una década Patricia Balbuena escribió un artículo sobre los obstáculos a los que se enfrentaban las mujeres en el Perú para acceder a la justicia, su trabajo lo denominó “la Justicia no tiene rostro de mujer”, el cual retomo -permitiéndome titular esta participación de la misma manera, no sin reconocer a la autora la originalidad del título- porque me parece que en México los problemas estructurales, que se convierten en obstáculos que impiden que las mujeres gocemos y ejerzamos plenamente nuestro derecho al acceso a la justicia, son un tema que debe abordarse a la luz de los derechos a la autonomía, a la libertad, a la igualdad y a la dignidad de las mujeres; como un asunto de derechos humanos.
Los principales problemas por los cuales las mujeres acuden al sistema de procuración e impartición de justicia están relacionados con los derechos y obligaciones que devienen del derecho civil y familiar, como por ejemplo el derecho a exigir pensión alimenticia para sus hijos e hijas; y, se une a la materia penal cuando existe violencia familiar, que en la mayoría de los casos confluye la agresión física, sexual, psicológica, económica y patrimonial. Debe destacarse que las mujeres no sólo en el ámbito familiar son violentadas sino que también lo son en el ámbito laboral, en los espacios públicos e institucionalmente.
            El acceso a la justicia implica, como lo ha definido la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la situación ideal en la cual tanto las autoridades como el entorno social garanticen que, independientemente de la condición de sexo, de género, de etnia, de nacionalidad, de enfermedad, de discapacidad, de orientación sexual, de edad, económica, social, etc., de las personas, éstas puedan acceder a la procuración e impartición de justicia de manera igualitaria y equitativa. También incluiría un conjunto de prescripciones relacionadas con la investigación, la persecución de los delitos, la representación de los intereses de la sociedad, la promoción de una pronta, completa y debida impartición de justicia, y cuyo cumplimiento debe recaer en las actuaciones de los y las servidores(as) públicos(as).
Puede decirse que el acceso a la justicia conlleva el derecho de toda persona de acudir al sistema de justicia (formal y realmente) y la obligación del Estado a prestar el servicio público y cumplir con marcos internacionales de derechos humanos.
Acceder a la justicia en condiciones de igualdad y de no discriminación por motivos de género significaría que ni hombres ni mujeres verían afectados sus derechos debido a los prejuicios que socialmente están construidos en torno a la diferencia sexual. Unos de los principales prejuicios que existen es la creencia de la primacía de un sexo sobre el otro, el cual materializa una serie de obstáculos a los que las personas se enfrentan para acceder al sistema de justicia.
En razón de la construcción social de la diferencia sexual las mujeres no hemos tenido las mismas oportunidades de acceder a la justicia que los varones. Primero porque la gran mayoría no conocemos nuestros derechos, ni las formas o mecanismos de la administración de justicia. Luego por no poder cubrir costos personales que comúnmente están relacionados con nuestra capacidad de autonomía y ejercicio pleno de la ciudadanía, la cual se ve mermada por la condición de violencia física, emocional, sexual, económica o patrimonial que se vive tanto en el ámbito familiar, social, laboral o institucional (incluida la violencia feminicida que implica en la mayoría de los casos casi todo tipo y modalidad de violencia) para acceder al sistema.
Es decir, las mujeres enfrentamos más obstáculos para acceder al sistema de procuración e impartición de justicia porque pues ésta forma parte de un entramado social y jurídico que implica prejuicios sobre lo que significa ser mujer (se cree que por naturaleza la mujer es débil, incapaz, irracional, es objeto sexual, es responsable del cuidado de los espacios domésticos y de los hijos, etc.).
Estos prejuicios están impresos en teorías, principios y normas jurídicas. Así el Derecho, como ciencia, como sistema, como facultad y como justicia tiene como base una visión hegemónica y masculina, parte de la diferencia jerarquizada y asimétrica entre los sexos y construye y regula la diferencia sexual; lo cual imposibilita o dificulta que las mujeres podamos acceder de manera libre, autónoma, igual y con dignidad al derecho a la justicia. Es decir, desde una visión masculina, sexista y con género se piensa el derecho: se legisla, se interpretan y aplican leyes.
Esto se puede verificar, desafortunadamente, día a día cuando encontramos normas, que discriminan a las mujeres, cuando prohíben expresamente a las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos, cuando se regulan el cuerpo de las mujeres como objetos sexuales y no como ciudadanas; cuando se responsabiliza a las mujeres de haber sido agredidas física o sexualmente por su manera de vestir o de actuar; cuando encontramos prejuicios en contra de las mujeres en las sentencias judiciales; o en reducción de sanciones a agresores porque, pesó más el hecho de que el violentador se desenvolvía socialmente de ¨manera normal¨ que el mismo hecho de la violencia física, emocional, económica o sexual que ejercieron, a veces durante años, a sus compañeras, esposas, hijas, alumnas, empleadas, etc. O, cuando las mujeres tienen que vivir sabiendo que su agresor ha sido liberado porque no existen órdenes de protección, adecuadas y funcionales, que les permitan gozar del derecho a vivir seguras y en paz.
En muchas de las ocasiones encontramos un primer obstáculo para acceder a nuestro derecho a la justicia en la propia ley, luego en los mecanismos de aplicación de las mismas e institucionalmente en la implementación inadecuada políticas y de servicios públicos que por obligación el estado debe ofrecer. Por eso es que no se puede decir que los principios de justicia son ciegos a las diferencias de poder entre hombres y mujeres, no se puede decir que la justicia tenga rostro de mujer, porque somos precisamente las mujeres las que encontramos prácticas y políticas que se abstraen de supuestos universales que no son neutrales al género.
El acceso a la justicia es, efectivamente, una cuestión formal en tanto debe estar plasmado en una norma jurídica, pero lo debe ser también una cuestión instrumental, que entrañe valores en el ejercicio de mecanismos y medidas institucionales que reparen las desventajas que llevan a la diferenciación de trato entre hombres y mujeres.
En ese sentido es que se habla de justicia de género, que implique un tratamiento igual formal, real y de oportunidades, desde la perspectiva de los derechos humanos; lo cual que requiere en la práctica una conciencia de las diversas realidades tanto de hombres como de mujeres.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Rectificación de pensamiento...



Hannah Arendt escribió que "la forma de tratar con los oponentes era la «rectificación del pensamiento», un
elaborado procedimiento de constante moldeamiento y remoldeamiento de las mentes..." ah!!! y también dijo esto >>>

Sobre el Acoso Cibernético y otras confesiones públicas...

Por Adriana Guadalupe Rivero Garza o
@femin_ite_iste

La nota que encontrarán al final de esta Confesión trata sobre el Acoso Cibernético, está tomada de una página de internet que muestra, de manera fácil y sencilla, qué significa el término y cómo reconocer el acoso.

La idea de difundirlo surge porque, lamentablemente, muchas personas (más las mujeres: adultas, adolescentes, niñas y niños) y con mayor frecuencia son víctimas de este tipo de VIOLENCIA via internet (para conocer rápidamente sobre los tipos de violencia pueden ver http://www.cndh.org.mx/sites/all/fuentes/documentos/programas/mujer/6_MonitoreoLegislacion/6.4/D/D.pdf)  y, además, no sabemos reconocerla.

Ante una situación de Acoso nos invade una sensación de duda, pensamos -en automático- en la inocencia del agresor y dudamos de nosotras mismas, de lo que sentimos al recibir un correo, un mensaje o una publicación con contenido agresivo. Eso se debe, creo, a que sobre nosotras actua un mecanismo muy sutil pero peligroso que se introyecta de manera negativa en nuestro autoestima (además de que actuan otros elementos como nuestra educación de género, la estructura social machista, el desconocimiento de nuestros derechos, etc.). 

Luego, ya inmersas en esa "duda de nosotras mismas" preferimos disimular, esconder, hacer como que no nos pasó nada, o peor, nos autoengañamos al decirnos que no sentimos nada al recibir una agresión (al respecto pueden ver sobre la violencia simbólica http://nuriavarela.com/violencia-simbolica/).

Se ha dicho que no existe un perfil del agresor. Sin embargo, la mayoría de los acosadores son hombres (aclaro que no creo que todos los hombres son agresores y que reconozco que hay mujeres acosadoras) que socialmente presentan una conducta social DOBLE y al verse denunciados o evidenciados aplican la estrategia de HACERSE VÍCTIMAS y se justifican: "yo no fui, yo no soy así, soy buen trabajador, buen esposo, tengo familia, no he tenido problemas con nadie, nunca he dañado a las personas, tengo hijos, pregunta por mí todos me conocen, si me acusas me vas a causar problemas y dañarás mi reputación, etc."  (http://www.edusex.cl/capitulos/violencia02.php).

Ante esas situaciones a muchas mujeres nos invade una sensación de desconfianza y poco crédito hacia nosotras mismas: "¿me envió a mi esa imagen perturbadora?, ¿se equivocaría de persona?, ¿lo hizo con intención de molestar y agredir?, ¿me estoy volviendo loca?, ¿en todos lados veo agresiones?, ¿y si le hackearon la cuenta?"

Justificamos el hecho, pensando que nosotras somos las que nos equivocamos. Ese es el primer paso para caer en el círculo de la violencia. Creemos que se trata de un asunto privado, que sólo a nosotras nos ha sucedido o que no sucedió; nos sentimos cupables, por tanto simulamos normalidad. Esto implica que la agresión pueda volver a cometerse (vean cómo funciona el círculo de la violencia http://www.gov.mb.ca/justice/domestic/cycleofviolence/pdf/cycleofviolence_Spanish.pdf).

Ante una agresión hay que reconocer, aceptar y evidenciar. Hay reconocer que ante una situación de violencia, de cualquier tipo o modalidad, y por muy empoderada y conocimiento que tengas de todos tus derechos se siente MIEDO (frustración, coraje, indignación, sospecha y culpa). Luego hay que hacerlo público, pues esto permite colocar un hecho que socialmente consideramos privado en el ámbito que pertenece a todos y a todas; esto facilita el identificar otros casos similares al tuyo y, se puede en consecuencia, sumar. Si sumas puedes incursionar en el ámbito de la acción y si es nuestra decisión en el de procuración e impartición de justicia.

La idea de escribir estas lineas es para compartirles que No debemos justificar ningún acto que nos haya lastimado en nuestra integridad emocional (física, psicológica o sexual); hay que evidenciarlo (con los medios que cada una posea).

Tampoco quiero decir que estemos viendo en todas las situaciones actos de violencia, sólo digo que no hay que dudar de lo que sentimos. Ante la duda hay que corroborar y, luego, actuar en consecuencia sin dejarnos amedrentar...

Les dejo pues, lo que significa el Acoso Cibernético, conózcanlo y si se reconocen en una situación como la que se describe, actuen.

 ¿Qué es acoso cibernético?
 
"El acoso cibernético es el uso de Internet para acosar a alguien. La víctima de acoso cibernético podría recibir mensajes de correo electrónico amenazantes, mensajes instantáneos (MI) perturbadores o comentarios sexualmente sugestivos publicados en su perfil o página web personal. El acoso cibernético también podría incluir contacto fuera de línea, pero tiene que tener un componente en línea para que se lo clasifique como acoso cibernético. El perpetrador podría estar ubicado en otro país, estado o al otro lado de la calle donde se encuentra la víctima.

Las leyes con respecto al acoso cibernético varían de estado en estado. Todo incidente de acoso cibernético, ya sea dirigido a un niño o a un adulto, debe ser denunciado de inmediato a la policía.

El acoso es una serie de actos amenazantes repetidos hacia una persona. La meta del perpetrador es infundir:
  • temor de daño corporal en la víctima
  • temor de daño corporal dirigido a un miembro de la familia de la víctima
  • temor de muerte por la víctima
Algunos comportamientos asociados con el acoso son espiar, seguir, hostigar, amenazar y hacer llamadas o enviar mensajes indeseados. Los acosadores desean contacto y una relación con sus víctimas. Si usted es víctima de este tipo de acoso, denúncielo a la policía."

viernes, 20 de diciembre de 2013

Nélida: mujer quechua iluminada por dios

Por Adriana Guadalupe Rivero Garza o
@femin_ite_iste
                                                        
Hace algún tiempo (en un Encuentro de Mujeres, Trabajo y Salud en la Universidad Autónoma de Zacatecas) conocí a una mujer quechua que platicó su experiencia sobre la lucha por el reconocimiento de los derechos de las mujeres y de su participación política en las comunidades rurales en el Perú.
La recuerdo con una sonrisa agradable y sencilla. Con su falda y rebozo de colores, su sombrero negro y sandalias color café. Su atuendo impresionaba no sólo porque representaba a la mujer de las comunidades andinas sino porque ella lo portaba con mucha dignidad. 
Esa mujer expuso en el Encuentro que las mujeres quechuas sufren doble discriminación: por pertenecer a un grupo étnico y  por ser mujeres. Habló de los obstáculos que ella tuvo que superar para que se le reconociera su participación y liderazgo en el territorio político, económico y social de su comunidad. Ella lo denominaba: desarrollo con libertad.

Ella, una mujer decidida, estaba frente a una computadora pidiendo con su mirada que alguien la asistiera; sólo necesitaba plasmar en un papel toda una experiencia de vida. Yo estaba perdiendo el tiempo en ese centro de cómputo, mientras comenzaban las ponencias. Al ver a esa mujer (de la cual aún no sabía su nombre) no dudé en acercarme. Al preguntarle si requería ayuda no dudó en decir que sí. Sin miedo me dijo que necesitaba escribir su ponencia pero no sabía utilizar el equipo de cómputo. Me ofrecí a escribir lo que ella me dictara. Escribimos.

        Nélida (supe que así se llamaba cuando me pidió que denomináramos su documento con el nombre que su madre le había puesto al nacer) se veía orgullosa cuando le leí la versión final, cuando pudo tener por fin una hoja impresa que describía el proceso que vivió para  poder ser regidora de su comunidad.                              

        Yo quería decirle a Nélida lo conmovida que quedé al escucharla; lo impresionada que me sentí cuando ella me dictaba palabra por palabra lo que debía contener su documento: Yo he tenido que sufrir, pero de verdad sufrir, para poder ser regidora. He ayudado a muchas mujeres para que sus maridos no las peguen, no las maten a palos. He llevado de la mano a otras tantas a luchar por sus derechos.

Cuando a mi me han dicho: Nélida, tú tienes que ser regidora yo he brincado de gusto. Fue una gran experiencia, sí, sin embargo para llegar a eso tuve que luchar porque nadie quería que yo fuera regidora. No quisieron registrarme porque me decían que las mujeres no podían participar, pero en Mi Constitución no está prohibido -les decía-. Participé y se burlaron de mí. Gané y nunca me llamaron, nunca me dijeron que yo había ganado; tuve que ir yo a decírselos a los más poderosos: “¡Nélida ganó señores y esa soy yo y quiero mi lugar!” 

Cuando fue la toma de posesión mi madre se estaba muriendo. Si yo no iba a tomar protesta perdería mi cargo -me dijeron-. Así que tuve que dejar que mi madre muriera sola, sin mi. Sí tomé protesta. Sí juré ser regidora frente a los hombres de mi comunidad, mientras, mi madre moría. 

       Nélida me miró con los ojos llenos de lágrimas y me dijo: Eso tuve que pasar para llegar a ser regidora. Luego me sonrió y dijo: y eso lo volvería a hacer por los derechos de las mujeres de mi comunidad.

         Cada sentimiento quedó plasmado en “Nélida una experiencia de vida”, además me cantó una canción quechua (ahora ya no recuerdo la letra pero sí la emoción), misma que horas más tarde presentó frente al público.Más que una experiencia de vida Nélida es una experiencia de mujer.

           Una mujer que, como muchas, ha tenido que enfrentar la discriminación y la violencia. Ha enfrentado a su comunidad, a su cultura, para gritarle al mundo que ella tiene derecho a participar políticamente. Nunca me ofrecieron ni un vaso de agua -me decía-. Y yo me quedaba sentadita esperando mi turno. Yo sabía que sería regidora y que ayudaría a mis hermanas de la lucha.

Cuando terminamos el documento, Nélida (que en quechú significa iluminada por dios) me dijo: no tengo dinero, pero le puedo cantar una canción. No sabía cómo decirle que la agradecida era yo por haberla conocido, por haber estado en el lugar y el momento preciso para ser yo la honrada en escribirle su experiencia y mi lección de vida.

                                      

Advertencia

* Por Adriana Guadalupe Rivero Garza o
@femin_ite_iste
  
Estas confesiones son una construcción social y son siempre algo más que político; develan los entresijos de la vida interna, de los gustos, afectos y emociones; así como las indignaciones y los sentimientos de culpa que quedan a espaldas del inconsciente. Ahí vamos pues....