Por Adriana Guadalupe Rivero Garza
o @femin_ite_iste
Desde hace días, por una cosa o por otra, he reflexionado mucho
sobre el valor de la amistad. Sobre ese sentimiento puro y desinteresado que se
construye al compartir con otra persona tu vida, tu diario caminar. Sobre esa
hermosa conexión que se logra con risas, música, lecturas, café, chelas, baile,
llantos, enojos, reclamos e, incluso, silencios pactados.
Quienes han tenido la suerte de ser tocad@s por la fuerza de
la amistad, sabrán que la pérdida de un
ser que ha acompañado tus días es irreparable. Duele el corazón, el alma o ¡no
sé qué! No puedo describirlo, pero alguna vez doña Almita Murillo escribió que
“es como si lo que somos saliera poco a poco por una válvula de escape
pequeñísima, una válvula que ese amigo o amiga que se nos separa deja abierta, en medio de las costillas y nos vamos desinflando del yo, del nosotros, de esos
tiempos, de esas coincidencias,” (…) “No hallamos por dónde curar la ausencia”.
¡Sí eso! y menos cuando nos arrancan al amig@ de un tajo.
La semana pasada, nueve de agosto, estaba por terminar un informe
de trabajo cuando recibí un terrible mensaje, de esos que nunca quieres
atender, que preferirías no haberlos leído nunca; en él se informaba que
nuestro amigo Víctor había perdido la vida. La respiración se detuvo por unos
instantes y el trabajo por completo. Asimilé la noticia –sólo la noticia–, la
corroboré por todas las vías posibles, con la esperanza de que no fuera
verdad. Era cierto, Víctor ya no estaría
entre nosotr@s; ni su incalculable alegría por la vida, ni su optimismo, ni sus
invitaciones a beber cerveza luego de una jornada de tres o cuatro horas de
“historia de algo”. A Víctor lo alcanzó la inseguridad que vivimos en nuestro
estado y nos dejó sin "el oxígeno que sólo los amigos proporcionan".
Luego de la lamentable noticia de su homicidio, comencé a leer las
expresiones de dolor de quienes lo conocieron; yo sólo quería seguir acostada,
envuelta en mi indignación y mi llanto, sin moverme, sin pensar, sin decir una
palabra y me cuestionaba en silencio: ¿por
qué dejé que las presiones cotidianas me impidieran estar presente en tu examen
de grado?, hubiera podido abrazarte y felicitarte una vez más.
En esa tarde hubo un impasse,
luego vinieron varios recuerdos sobre mis coincidencias con Víctor. El primero,
cuando recién ingresamos al Doctorado en Historia, hace casi 4 años. Ese día se
presentó, dijo que era Veterinario y que estaba en ese programa porque le
gustaba la historia. Yo pensé: ¿este
cuate qué hace aquí?; ¿es Veterinario y quiere estudiar un doctorado en
HISTORIAAAA? Luego supe los motivos, los cuales, por cierto, eran
prácticamente los mismos que los míos. Desde entonces, hice click con ese compa.
El segundo recuerdo que se presentó, el cual me hizo derramar
todas las lágrimas que puedan Uds. imaginar, fue una sesión de la clase Modelos
Conceptuales y Análisis Histórico I. ¡Unoooo!, o sea, ¡hay continuaciones de la
primera parte!; ¡terror!; ¡qué materia más complicada! Neta, tremendamente
difícil, como de otro planeta, aún me pregunto cómo le hacen l@s historiador@s
para analizar tanta cosa. En fin, estaba sentada junto a Víctor, el docente nos
repartió unas copias que había que leer, analizar y comentar en equipo. Mi
amigo y una servidora nos volteamos a ver y en automático afirmamos: sólo vamos a leer. Cuando concluimos el
primer paso de la dinámica, cruzamos nuevamente las miradas. No sabíamos qué
decir. Tomó la iniciativa y preguntó: ¿Le
entendiste? Con cara de what le
conteste: ¡Ni madres! ¿Qué vamos a explicar? –me dijo–. Supongo que nada, esto viene en código
historiador y tu eres veterinario y yo abogada; es la primera materia del
primer semestre, sospecho ya valimos –le dije–. No nos quedó de otra más
que soltar la carcajada.
Ese compa me cayó del cielo. Me sentía comprendida e identificada
entre tanto(a) erudito(a) historiador(a). Mis compañer@s entendían todo,
explicaban todo, leían en chinga, escribían igual; unos meses después me enteré
que también tuvieron ese sentimiento de incertidumbre y fingían, como yo, que
no pasaba nada, ja-ja. Pero, lo que sí es verdad es que se trata un grupo como
en el que nunca he estado, nunca había conocido, ¡la rata les funciona en
chinga a tod@s, no hay a cuál irle! Y, además, mis compañer@s y amig@s tienen un
alto compromiso social, de ese que no se encuentra en cualquier lado.
Varios episodios con Víctor me estuvieron acompañando toda esa
tarde y todos los días desde su partida. La forma como aligeraba las horas en
las diferentes clases del doctorado, el ánimo que nos transmitió luego de que
nos atizaran en los seminarios de tesis, su buen humor, la risa, los bolillos
con miel que amablemente llevaba al aula, el aroma a tulipanes; las salidas a
conocido lugar donde venden tacos y leones rojos en Zacatecas, las posadas en
su casa y hasta el rescate de un perro que vivía maltratado por sus dueños.
Horas interminables de plática y viajes al entonces DF, carcajadas por las
perdidas que nos dábamos en el metro y por el dolor de estómago luego de tanto taco
sudado de a $5. La visita a beber tepache en la Colonia Doctores, en el famoso
lugar “La Hija de los Apaches” y la bailada estilo salsamerenguebanda en “Mamá
Rumba”.
Segura estoy que si nos preguntan a quienes (gracias al Doctorado
en Historia) conocimos a Víctor Castro Rosales, diremos que fue un gran amigo, de esos
cuya ausencia duele, no se repara, sino que sólo se sobrevive.
Alguna vez escribí que espero que el dolor y la indignación que
deja su homicidio se conviertan en acciones para reclamar un eficaz acceso a la
justicia y que nunca, ¡nunca!, hechos tan lamentables como éste nos hagan caer
en las garras de la indiferencia.
Hoy es día del Veterinario, tu partida duele y otra vez me acuerdo
del texto de Almita: “Y al dolor, para que no nos arrastre por las calles, hay
que nombrarlo".
Te queremos amigo y siempre te llevaremos en nuestros más gratos
recuerdos.