Por Adriana Guadalupe Rivero Garza
o @femin_ite_iste
Hace unos
cuantos días tuve una charla con un “compa”(1) que me dejó
pensando, entre muchas cosas, en la importancia de conducirnos adecuadamente
para generar un ambiente de respeto.
Hablábamos
del lenguaje, de las distintas formas como nos expresamos, de las conveniencias
de la interpretación, de las maneras como actuamos por el sentido le dimos a
determinada información. Y, también (jaja), hablamos sobre el radicalismo en el
que algunas feministas incurrimos cuando queremos incorporar, en los recintos
donde nos desenvolvemos, un lenguaje incluyente (Al respecto se puede leer http://brizas.wordpress.com/2012/03/04/por-un-lenguaje-inclusivo-y-no-sexista/ y ver video http://e-mujeres.net/video/mercedes-bengoechea-rae-y-lenguaje-sexista).
Bebíamos
café, él hablaba y yo trataba de prestar atención. Confieso que no pude evitar
el pensar, a la vez que lo escuchaba, en que si el lenguaje es un instrumento
de comunicación con el cual se conforman relaciones entre personas, cómo es que
en algunas ocasiones no se canaliza de manera oportuna y afortunada determinada
información, y luego, incurrimos en formas de jerarquizadas, valorizadas e
incluso discriminatorias y violentas al expresarnos.
Pensaba
en cómo vamos conformando reglas de convivencia que ordenan, clasifican y
dividen a las personas; construyendo relaciones jerárquicas a través de las
diferentes maneras de percibir nuestra realidad, de representarnos las cosas y
que esto a su vez moldea nuestro pensamiento y actuar (pobre compa si lee esta
confesión va a pensar que no estuve atenta al verdadero sentido de la plática).
Me
acordé que hace unas semanas sentí antipatía y aversión hacia un aplicado
lingüista porque antes que argumentar el por qué no debe emplearse el lenguaje
incluyente de género (esas discusiones interminables pero importantes entre la
economía del lenguaje y la discriminación, ver http://www.ucr.ac.cr/noticias/2012/10/03/expertos-de-la-lengua-senalan-desaciertos-del-lenguaje-inclusivo.html) prefirió denominarme “feminazi”.(2)
Es
decir, el destacado filólogo decidió –en lugar de impresionarme con toda una
cátedra sobre la cultura y las diversas formas como se expresa ésta en la
lengua y en la literatura- anteponer sus prejuicios y desacreditar.
No
sólo restó valor a una forma diferente de pensar a la suya, sino que se posicionó
como el erudito, el sabelotodo y coartó (a través de términos despectivos) canales
de comunicación por considerar que nadie puede contravenir las reglas lingüísticas
que él aprendió aplicadamente -dijo-.
Al respecto, debo confesar que siempre
se agradecerá el poder charlar con alguien que sabe escuchar una forma de pensamiento distinta a la de él, armarse
una postura propia y argumentar lo suyo.
El
caso es que yo estaba entre la charla, el café y el pensamiento que sigue la
concepción platónica que sugiere que la relación entre el lenguaje y la
realidad refleja la esencia de las cosas. Recordaba que desde esa postura se afirma
que las personas detectan, reconocen o suponen que la representación de la
realidad es obtenida mediante una forma natural de intuir las esencias de las
cosas.
Por otro lado, recordaba que hay
quienes afirman que el proceso de nombrar no requiere esencias; pues la
relación entre el lenguaje y la realidad ha sido establecida arbitrariamente
por las personas. Esto significa que “nombrar”
es una acción contingente, en tanto que responde a las diferentes formas en que
se perciben aspectos diversos en el mundo.
El lenguaje
implica mucho más que términos o palabras, porque envuelve en sí mismo la forma
como se percibe la realidad, involucra entre otras cosas: 1. La forma como se eligen
ciertos términos; 2. La manera no sólo diferenciada sino valorizada de dicha
elección; y 3. Significados que esconden o encubren el trasfondo de
pensamientos, creencias, esquemas y modelos.
El
lenguaje refleja, entonces, la forma como se estructura una sociedad, si ésta se
basa en sistemas de desigualdades, relaciones de subordinación o de exclusión, éste
será un instrumento para la transmisión de dicha desigualdad, es decir, de una
forma diferenciada y jerarquizada de tratar a las personas.
Por ejemplo, lo
que significa ser hombre y lo que significa ser mujer es el producto de un
complejo cultural, lo cual permite que las ideas, creencias y pensamientos se
estructuren en función del género.
Las
desigualdades entre el hombre y la mujer están dadas por la cultura en que se
desenvuelven y están construidas sobre la idea de que existe una esencia
natural del ser humano determinada en función de un valor: la superioridad del
varón sobre la mujer y que se refleja en la forma como es utilizado el
lenguaje.
Una de las maneras como
se transmite la idea de que el varón es superior (sobre la mujer y sobre todos
aquellos que no entren en el significado de término, lean la definición de varón http://lema.rae.es/drae/?val=varon, lean la definición de hombre http://lema.rae.es/drae/?val=hombre) es usar el masculino como género universal. Usarlo de
esta manera, aunque sea acorde al principio de economía del lenguaje, puede poseer
un doble valor, por ejemplo:
1.
Si se dice “los alumnos
de este programa son muy competentes”, y en él se encuentran mujeres, se deja fuera
la posibilidad de que las alumnas también sean muy competentes. Es más, se
podría interpretar que sólo los alumnos son competentes, y peor aún, bajo esa
premisa (convertida en forma de pensar) se puede actuar en consecuencia y dejar
fuera o en segundo lugar para algunos beneficios del programa a las alumnas,
pues en el imaginario existe la idea que sólo los alumnos son competentes.
2.
Si como genérico referido a ambos sexos se alude a los
y las presentes en un lugar con un “buenos
días a todos” simplemente se invisibiliza a las mujeres, como si no
estuvieran ahí. El
hecho de no nombrar implica no ver, no reconocer, no dar un lugar en el mundo
sólo por el hecho de creer que en un molde (el masculino) entramos todas y
todos.
Uno de los mecanismos por los cuales se
construyen las subjetividades y las diferencias, órdenes simbólicos
representados y prácticas sociales, modos de pensar, de expresarse, de actuar y
de relacionarse es a través del lenguaje;
éste deja ver los estereotipos y los
prejuicios con los que hemos sido formados(as) y además con los que nos
conducimos por la vida.
Lo que considero es que no nos cuesta nada nombrar. Y conste
que no me refiero a que nos nombren como un favor. No es una dádiva. Formamos
parte de este mundo y como tal, merecemos ser nombradas y reconocidas. Quien
quiera incluirse en el modelo masculino que lo haga, cada quien se ajusta al
molde que más que convenga.
Lo que digo es que si a través del lenguaje expresamos nuestra manera de
pensar y éste, de alguna manera, condiciona nuestra manera de actuar prefiero
conversar, discutir, convivir con alguien que sí me ve que con alguien que no
lo hace. Se los juro, hay mucha diferencia en ello.
P.D. ´Ora lingüistas,
salten…
Notas:
- .Abstracción -que se me da la gana hacer algunas veces cuando me expreso verbalmente- con la cual pretendo referirme a una persona con la que he convivido, de igual a igual, en algún espacio o ámbito de nuestras vidas, y que su existencia ha significado para mí una especial fortuna.
- Al respecto ver "¿Existe el feminazismo? Del feminazismo y otros crímenes contra el machismo" http://djovenes.org/archivo/?p=9482
